LA ASIGNATURA DIOS-Anáhuac MAYAB

LA ASIGNATURA DIOS

La misión institucional de la universidad a la que pertenezco declara, desde el primer párrafo, su compromiso con la formación integral. Ya se ha escrito mucho y con pertinencia e inteligencia, sobre este concepto básico de la educación moderna y no podría yo mejorar tan rico acervo de ideas. Pero sí quiero abordar, sin presumir tampoco de originalidad personal, el enfoque con el que mi universidad se compromete con los estudiantes, sus familias y el entorno social para cuyo apoyo y servicio ha sido fundada, a realizar la formación integral: quiere hacerlo desde “la visión cristiana del hombre y de la sociedad”.

Cuando menos desde el Renacimiento, y no sin cierta ambigüedad riesgosa, se ha invocado y repetido a lo largo de los siglos que nos separan de los primeros teóricos, el concepto de Humanismo. Nadie parece querer confrontarlo en serio pues hacerlo podría implicar el riesgo de comprometerse (¿o coludirse?) con movimientos deshumanizantes y nadie quiere declarar eso  (aunque en la práctica lo haga. Ahí tenemos el boom de las universidades privadas en nuestro país algunas de las cuales pueden estar más comprometidas con la rentabilidad del negocio educativo que con la formación integral humanista: el alumno como cliente que paga por la adquisición de un título profesional). Quizá por eso la posición más cómoda es aceptarlo. ¿Quién no quiere una formación integral humanista? Nadie y todos, desde los padres de familia hasta los agentes educativos formales pasando por los administradores escolares y los corifeos de la educación pública, reivindicarán los nobles ideales de una formación integral humanista.

Donde podremos hallar menos consenso y empatía es en cuanto a los contenidos de una formación integral humanista: aquello que forma a la persona en todas sus dimensiones. Y el contenido crítico es Dios. Las instituciones laicas manifiestan en la práctica que Dios es un contenido académico prescindible. Y las decididamente ateas educan integralmente combatiendo sistemáticamente todo vestigio de sobrenaturalidad en los contenidos educativos. Puedo suponer, no sin cierta gratuidad, que las instituciones laicas prescinden de Dios por un prurito metodológico derivado del Cientificismo: si no hay evidencia tangible de una realidad, mejor no involucrarse con ella. Las ateas quizá lo hacen por motivos ideológicos más que metodológicos.

Pero el caso es que todas se amparan bajo el amplio cobijo del concepto de formación integral humanista (tan amplio que podría cubrir a la bíblica torre de Babel con todas sus contradicciones internas) desde el momento que las mejores instituciones educativas forman seres humanos y se proponen honestamente buscar la plenitud de sus educandos. Esta honestidad puede conmoverme pero no convencerme. Hay demasiado en juego para reducir el juicio de valor a la ponderación de las buenas intenciones únicamente.

Desde luego que advierto las aristas filosas del asunto como también advierto mis limitaciones personales para desahogarlo suficientemente pero lo pongo sobre la mesa para discutirlo. En tal asunto resuenan ecos poderosos que provienen del escenario enorme de la historia  de la Filosofía la que, de algún modo importante, es parte de la historia de la Educación. Y lo hacen con timbres diversos. Para muestra algunos botones: Kant pone lo suyo con esa vocación a una interioridad cognoscitiva que infiere consecuencias brillantes del cogito ergo sum cartesiano. El yo cartesiano prácticamente crea a Dios desde un paradigma subjetivista que, en su peor lectura, es una petitio principii que le niega a Dios la realidad trascendente  al otorgarle amablemente el mérito de una existencia lógica. Y el yo kantiano acaba concediendo en la Razón Práctica lo que niega en la Razón Pura: Dios es un supuesto teórico necesario para soportar la aplastante importancia de la Moralidad.

La famosa apuesta de Blas Pascal puede presentar una fragilidad teórica igualmente reconocible en el también famoso argumento ontológico de Anselmo, el arzobispo de Canterbury. No resultaría sorprendente la agresividad de Feuerbach si lo sentáramos a discutir con estos fervorosos cristianos: la idea de Dios implica la negación de la plenitud humana.

Sería una lista inacabable, y siempre incompleta, la de las referencias sobre el tema de Dios en la que descollarían las argumentaciones sólidas de la Escolástica, pero unos  puntos interesantes serían ¿es necesario demostrar teóricamente en el aula la existencia o la inexistencia de Dios? ¿Para incluir a Dios en el currículo de una formación integral humanística hay que convertirlo en una asignatura?

La educación universitaria (en la acepción de “universal” y no la original de “gremio”) debe acoger el espíritu apostólico del Cristianismo primitivo que proponía una forma de vida propiamente humana que podía compartirse con el ejemplo amoroso antes que con una argumentación brillante e irrefutable. La práctica de la virtud de la Caridad puede ser más provechosa que una sesuda cátedra teológica (y no estoy menospreciando los estudios formales en materia religiosa) en los entornos universitarios actuales empapados de conocimientos que exigen una estricta metodología científica no sólo por su innegable valor sino, también, por las exigencias de las instituciones acreditadoras. Dios es amor según la fórmula juanina y el amor no se enseña más efectivamente con una presentación en powerpoint que exhiba todos los hallazgos y productos especulativos e inspirados de los Padres y Doctores de la Iglesia. Simplemente se comparte dentro del aula y, todavía mejor, fuera de ella. A Jesucristo no lo comprendieron como Dios los escribas ni los fariseos ni los saduceos sino que lo hizo el sufrido pueblo llano de Judea, entre el que Él prefirió nacer y predicar.

No dudo que en una universidad moderna Blas Pascal fuera más atendido y apreciado en una clase de Matemáticas que en una donde expusiera los contenidos de sus Pensamientos. Lo mismo con Descartes.

No hay que pelearse con las autoridades responsables de la educación pública en nuestro país (laicas por la inercia juarista) para incluir en el currículo las asignaturas religiosas y no por un cómodo irenismo, sino porque no se enseña el amor con cátedras: se vive. Y el tema de la diversidad religiosa que ya empieza a ser patente en los escenarios universitarios nacionales, tampoco debe ser una amenaza terrible: el estudiante que cree en Dios, si no es un fanático (el que, como describe Juan Pablo II, es siempre irracional) crecerá integralmente al incluir los temas religiosos de manera vivencial en su formación integral humanista.

En la misión institucional de mi universidad no se soslaya, ni se posterga el estudio sistemático de las ciencias y de la técnica. Pero se conciben y proponen como “medios que contribuyan al bien integral del hombre”. Eso es una visión cristiana de la educación. La misma misión propone “la transformación cristiana de las relaciones interpersonales tanto en la universidad como en el mundo del trabajo y de la sociedad”. Pero tal transformación no se garantiza con la aprobación de una serie de cursos con contenidos religiosos expresos o subyacentes en los programas registrados ante la Secretaría de Educación Pública, sino con experiencias reflexivas en el aula y experiencias de solidaridad y respeto dentro y fuera de ella: así es como la pertinencia del tema de Dios se hace diáfana.

Si Dios se vuelve un contenido académico formal y no una forma de vida puntual y relevante, es posible que la formación integral humanista se reduzca, en el importante tema religioso, a una erudición elegante pero poco comprometida, un poco como lo fueron las conversiones a todo lo largo del imperio romano después del edicto de Tesalónica en el siglo IV. No voy a comparar al santo cura de Ars con el Aquinate porque es ocioso hacerlo pero mover un corazón indiferente o distraído contribuye más a la formación integral humanista que nada más iluminar una cabeza estudiosa.

La pertinencia del tema de Dios descansa en un aspecto existencial más que académico pues no se trata de aprender sino de aprehender en su sentido de apropiación. Finalmente desde el siglo I la tarea que nos encomendaron a todos fue la de “id y enseñad” compartiendo la buena noticia con las obras más que con los discursos sin desdeñar el apoyo de éstos. Qué bueno fuera que de nosotros se dijera lo que reporta Tertuliano que se decía de las primitivas comunidades cristianas: “mira cómo se aman”.

Los valores del humanismo cristiano que queremos promover en las aulas, como ocasión propicia más que como escenario específico, no son definiciones abstractas sino conductas observables y replicables cuando el ejemplo conmueve y convence más que el discurso. Y una universidad católica no debe ser el coto reservado de unos privilegiados sino la plaza abierta en la que cualquiera, creyente o no, puede ser admitido y escuchado con respeto. Si enseñamos tales valores con ejemplaridad sincera haremos sentir y actuar como católicos hasta a los alumnos no creyentes. El humanismo cristiano es exactamente eso: un humanismo con el adjetivo (incluyente y no excluyente) de cristiano.

Todos los alumnos necesitan de formación religiosa más que de información religiosa pues tienen una vocación de trascendencia que hasta el nihilista y el ateo acusan en sus desazones existenciales. Está la cuestión del sentido de la existencia humana que Juan Pablo II ya lamentaba verlo omitido en una cultura materialista e individualista que no ha hecho a los hombres posmodernos ni más felices ni más humanos. El sentido de la existencia humana está más allá del inmanentismo a cuyo desamparo nos arrojó el giro antropocéntrico desde el Renacimiento con un violento movimiento pendular que excluyó a Dios para poder afirmar al hombre. Hay que rescatarlo, ciertamente, pero la cuestión creo que es más metodológica que de contenidos curriculares formales: si sabemos conducir (y no digo que sea fácil hacerlo) una reflexión compartida sobre la cuestión humana en una clase de la asignatura que sea el tema de Dios aparecerá en la oportunidad adecuada. La reflexión antropológica lleva a Dios si es manejada con propiedad.

No se trata de promover una fe de carbonero ni de estimular sentimentalismos y romanticismos que la crudeza de la vida actual desacreditará al corto plazo. Se trata de mostrar la pertinencia de Dios en la experiencia propia.

Las universidades laicas tienen por decreto no abordar este asunto en las aulas. No lo niegan sino que lo dejan a la iniciativa de las familias y al activismo de las iglesias. Puedo no criticarlo sin dejar de lamentarlo y la laicidad es otro tema, que se apoya con bastante fuerza en el respeto a la libertad de las creencias personales que las democracias modernas han consagrado entre los derechos humanos fundamentales. Pero en las universidades católicas el respeto a la libertad de las creencias personales no es vulnerado ni amenazado siquiera. Está presente pero ellas enriquecen la formación integral humanista con este tópico que es fundamental: Dios, que es presentado desde la cátedra como desde el altar: como una invitación a compartir una forma de vivir que destaca el horizonte trascendente de la vida propiamente humana para rebasar los estrechos límites del inmanentismo pues, como se dijo en los escenarios del teatro isabelino “hay más cosas en el Cielo y en la Tierra, Horacio, de las que sueña tu filosofía”.

No soñemos excesivamente con el Cielo, pues el Reino de Dios comienza aquí, en la Tierra.

Mtro. Javier Otero Rejón,

Mérida, Yucatán, Agosto de 2012

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